-Pesada, ¿no puedes hacer menos ruido?-dijo,
groseramente.
-¡Que te calles!-le chilló María, nerviosa.
Cuando iba a disculparse por ser tan borde, su
hermano respondió, irónicamente:
-Uy, perdona.
Lo que recibió de respuesta fue un dedo corazón de
su hermana pequeña alzado en el aire.
-¡Bah!-refunfuñó él, reteniendo su furia.-Tienes
suerte de que no te haya pegado un bofetón.
Harta de las tonterías y de las chulerías de su
hermano, María le desafió:
-Pégame, Javier, pégame si te atreves. Hazlo como se
lo haces a tus novias, una bofetada limpia que deje marca…
Su hermano fue hacia ella con la mano en alto,
dispuesto a darle una buena torta, pero cuando escuchó unas pasos que venían de
atrás, retiró su mano y se metió en su habitación. María se secó las lágrimas
que surcaban su rostro a causa de Louis, porque a ella no le daba miedo su
hermano. Su madre se acercó y le dio dos besos en las mejillas.
.Hola, tesoro, ¿qué tal en casa de Carmen?
-Muy bien.-respondió María, intentando sonar lo más
natural posible.
-Me alegro. Por cierto, esta noche tu padre y yo
tenemos una cena del trabajo de tu padre y está a dos horas de aquí, por lo que
cenaremos y nos quedaremos a dormir en un hotel de allí cerca. Tu hermano se va
a casa de un amigo, así que si quieres invita a una o dos amigas a casa a
dormir.
-Genial, mamá, luego las llamo.
-Vale, cielo.-dijo su madre.
María vio a su madre desaparecer por la esquina y se
adentró en el pasillo. Pasando por la habitación de Javier, su hermano mayor,
la puerta se abrió y una mano le surcó una de sus mejillas. La bofetada sonó
por la casa y María se llevó la mano a la cara, dolorida. Parpadeando para no
llorar, estuvo a punto de soltarle un insulto a su hermano, pero la puerta se
cerró silenciosamente.
-¿Qué ha sido ese sonido?-preguntó su madre, Lucía,
desde su cuarto.
-Nada mamá, que se me ha caído una cosa.-respondió
María lo más normal posible.
Ella se encerró en su habitación y se dirigió hacia
el baño propio que tenía. Se miró en el espejo y vio una gran marca roja en su
mejilla derecha. Molesta, se echó agua y soltó su mochila cerca de su cama, en
la que se tumbó. Sacó la foto de Louis y la miró. La tiró al suelo y sonó una
canción:
Drop
everything now
Meet me in the
pouring rain
Kiss me on the
sidewalk
Take away the
pain
Cause I see
sparks fly
When ever you
smile
Get me with
those green eyes…
María gimió. Otra vez aquella canción, esos
recuerdos… Esos ojos verdes… Resignada, cogió el aparato que emitía la canción.
Era su móvil, tenía un mensaje.
“¿Estás bien? Te has
ido corriendo y estoy preocupado por ti. ¿Estás en tu casa? Estoy aquí en
frente. Sal y hablamos. Louis”
María pensaba:
“¿Por qué? ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? Si
se va lo quiero olvidar, si no puedo volver a verlo, lo quiero olvidar cuanto
antes.”
Le dio a la tecla “Responder”.
“Lo siento, no estoy
en casa. Suerte en Londres.”
A los cinco minutos le llegó la respuesta:
“Si no estás en tu
casa… ¿Quién hay en tu habitación? Está la luz encendida…”
Harta, contestó:
“No sé, ya te he
dicho que no estoy. Ahora no puedo hablar. Adiós.”
Se le hacía difícil decirle adiós… Aunque fuera por
escrito. Apagó el móvil para no sufrir más. Recuerdos le venían a la mente…
Risas en la playa en verano, ella, Louis, Vito, Carmen y dos amigos de Louis,
Harry y Will. Noches de verano, todos juntos… Los seis, mejores amigos para
siempre. Sacudió la cabeza. No quería recordar aquellos momentos. Quería
comenzar una vida nueva, una vida sin él. Pero un recuerdo más le vino a la
mente.
“Una tarde de verano, en la playa, María y Louis se
salpicaban con el agua del mar, riéndose, mientras los demás hacían lo mismo
con su respectivo amigo, cuando Vito chilló:
-¡CAMBIO!
Y todos cambiaron de persona a quien echarle agua.
Carmen y María se tiraban la una a la otra, Vito y Harry hacían lo mismo y Will y Louis los imitaban, un poco más lejanos a los demás. María se zambulló
debajo del agua para evitar una ola grande que venía hacia ella, sin poder
evitar acercarse a Louis y a Will.
-Bueno… Es que… Me gusta una chica…-le decía el
primero a su amigo.
A María se le encogió el corazón. Si a Louis le
gustaba otra, ella perdería su oportunidad. Armándose de valor, se acercó a
Louis y le dijo:
-Louis, ¿puedo hablar contigo a solas?
-Claro.
Nadaron hasta una zona alejada, donde el sol creaba
ondas en el agua. Flotaron y María se puso cerca de él.
-Dime.-indicó Louis.
-Esto… Es que… Louis…-tartamudeó María.
-Tranquila, dímelo despacio.-sugirió él.
-Te quiero.-soltó María, despacio, recalcando cada sílaba.”
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