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viernes, 17 de febrero de 2012

Capítulo tres


Tumbada en su cama, María lloraba, furiosa. No debería haber hecho esa confesión aquella tarde de verano. A partir de ese momento Louis se había mostrado distante. Unos golpes suaves la sacaron de sus pensamientos. Enterró la cabeza en algún cojín que había en su cama para que quien fuera el que llamaba a la puerta no viese la gran mancha rojiza que cubría su mejilla y sus lágrimas.
-Pasa.-dijo.
Su madre entró. Al verla en la cama escondiendo su rostro, se preocupó.
-Hija, ¿estás bien?
-Sí, mamá.-respondió María sin levantar la cabeza.
-He venido para avisarte de que tu padre y yo nos vamos ya. ¿Has llamado a tus amigas?
-Eh… No, ahora las llamo, aunque no sé si podrán venir…
-Ten cuidado, no me gusta que estés sola.-dijo su madre, acariciándole el pelo.
Se fue hasta la puerta y cerró suavemente. Cinco minutos después María oyó que se cerraba la puerta principal de la casa. De pronto oyó un sollozo. ¿Quién sería? Se oía en dirección del cuarto de su hermano, pero él no podía estar llorando. Cautelosa, abrió la puerta de la habitación de Javier. No había nadie a la vista, pero el llanto seguía sonando. La puerta de la casa se cerró de un portazo y María supo que su hermano se había ido. Se acercó al armario de Javier. Estaba cerrado con llave, pero la llave estaba puesta en la cerradura, de modo que desde dentro no se pudiera abrir pero desde fuera sí. Abrió la puerta y soltó una exclamación. Una chica rubia lloraba en la esquina del armario, estaba muy despeinada y sus ropas estaban hechas jirones.
-¡Dios mío!-soltó María.
La ayudó a salir. La chica estaba débil, pero en cuanto logró salir del armario, corrió fuera de la habitación hacia el pasillo. María la siguió y se la encontró sentada en la esquina, en el frío suelo de piedra, con la cabeza entre las piernas. Estaba llorando compulsivamente. María se agachó y se sentó a  su lado. La abrazó.
-Ya está, tranquila, ya pasó todo... Sh, no llores, tranquila.-consolaba.
La ayudó a levantarse y la llevó a su habitación. La condujo hasta su baño propio y se dirigió hacia la bañera. Puso el tapón y preparó un baño caliente.
-Báñate, aquí tienes una toalla, voy a por ropa limpia para ti.-le indicó.
María no sabía quién era aquella chica y tenía curiosidad por saberlo, pero en ese momento lo único que le importaba era que aquella chica necesitaba su ayuda. Salió del baño y se dirigió hacia su armario. Cogió un chándal, lo más abrigado que tenía y ropa interior limpia. Se lo dejó todo en el baño y la dejó a solas para que pudiera asearse. María fue a la cocina. Ella tenía calor, pero preparó un chocolate caliente para la chica, ya que debía tener frío al estar un tiempo casi sin ropa. Eran a penas las ocho de la tarde, pero María puso una pizza en el horno, decidida a compartirla con aquella extraña chica. Fue a su cuarto con el chocolate caliente y lo dejó encima de la mesilla de la noche. La chica salió del baño con el pelo peinado y mojado, ya que María no tenía secador del pelo. María le indicó que se tumbara en la cama y la arropó. La chica se incorporó y María le dio el chocolate caliente. Agradecida, la chica se lo bebió y dijo:
-Gracias, Aún no sabes quien soy. Me llamo Blanca.
-De nada. Yo soy María.
Aquello iba a ser el principio de una amistad.


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¡Hola! Siento que sea tan corto, pero no os preocupéis, este fin de semana subiré uno o dos capítulos más. ¡Gracias por leer!




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